ALBERT FISH, EL TIERNO Y AMABLE ABUELO CANÍBAL

Corría el año de 1928 en los barrios bajos de New York, Estados Unidos. La señora Budd era madre de familia y entre sus hijos se encontraba una pequeña de 10 años y uno mayor de 19. Una tarde llegó a su casa un anciano muy amable y gentil llamado Frank Howard, con la intención de contratar a su hijo mayor para unas plantaciones que tenía, y por su sentido del humor muy fácilmente se ganó la empatía de la familia. El hombre había notado a la pequeña niña y con gran respeto, pidió a su madre poder llevarla a una fiesta de una sobrina, y como en aquella época las personas solían confiar más fácilmente en la gente que despertara su confianza, la dejaron ir. La niña y el hombre jamás volvieron a la casa, y nadie pudo dar con el paradero del anciano, pues, no existía ningún granjero llamado Frank Howard.

Habían pasado 6 años cuando una carta llegó a la casa. Comenzaba saludando a la señora y contando una peculiar anécdota. Contaba como un amigo del remitente había visitado Hong Kong varios años atrás, y como habían tenido tan mala época que los niños corrían un peligro mortal en las calles, pues era tanto el hambre y tan pocos los recursos, que los pequeños eran secuestrados y asesinados para ser vendidos en las carnicerías. Y como aquel amigo, por hambre, había llegado a comer dicha carne. Por si no fuera suficientemente perturbador, según continuaba la carta, aquel amigo, al regresar a América, se había aficionado de tal manera a la carne humana que termino raptando a dos niños pequeños. Mismos que preparó por varios días antes de comenzar a comerlos, y como le insistió tanto que fuera a probar la carne al remitente que acabó accediendo, y aficionándose también. La carta termina con unas líneas aterradoras:
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“Ese es el motivo por el que rapte a su hija hace 6 años, con el pretexto de llevarla a la fiesta que daría mi hermana. Pero realmente la llevé a aquella casa abandonada que había en Westcher County, la estrangulé cuando intentó escapar, la corté en pedazos y comí su carne durante 9 días. Pero tranquila, no me la tiré, murió siendo virgen.”

Fue gracias a esa carta que la policía logró dar con el hombre detrás de todo, un anciano llamado Albert Fish, cuyo rostro reflejaba bondad, pero cuyos secretos eran para aterrar a cualquiera. Cuando se le preguntó cuántas victimas tenía aparte de la niña Budd, él contestó con una sonrisa: “por lo menos cien”. Y es que mientras más profundo investigaban, más perversa se tornaba la historia del viejo. Hijo de una mujer que sufría alucinaciones, sobrino de dos hombres internados en un psiquiátrico, un hermano demente y otro alcohólico, no deparaba nada bueno para Albert.

A la edad de 5 años, Albert fue entregado por su propia madre a un orfanato, por falta de recursos para mantenerlo ella misma. Allí y a causa de los maltratos que sufría, comenzó a darse cuenta de algo extraño: el dolor le causaba placer. Provocarlo también, pero auto infligido era una experiencia orgásmica. Cuando por fin se salió de ese lugar, a los 12 años, comenzó con experiencias homosexuales, visitando baños públicos para observar hombres desnudos y aquello lo acabó llevando a la prostitución en Washington, dónde según él, mató a su primera víctima.

Obsesionado desde pequeño con artículos de crímenes, al crecer comienza a sufrir alucinaciones religiosas, donde se le comunicaba que la única manera de expiar sus pecados era con la auto flagelación. Y comienza a llevarlo a cabo, frotándose rosas con espinas por el cuerpo, hundiéndose agujas en la pelvis y la zona genital, (del cual existe una imagen de radiografía que lo comprueba) y golpeándose la espalda con tablones con clavos. Por diversos crímenes menores es arrestado oficialmente 8 veces, sin que nada pueda comprobarse de su enfermo estado mental. Hasta que lo atrapan a causa de la carta que mandó a los Budd, y sin remordimiento alguno confiesa sus demás asesinatos.

El perfil psiquiátrico de Fish revelaba: sadismo, masoquismo, exhibicionismo, voyeurismo, pedofilia, homosexualidad, coprofagia, fetichismo, canibalismo e hiperhedonismo. Sus crímenes más perturbadores obviamente son los de los niños, de los cuales asegura haber secuestrado y comido a 15. Dando la horrible información de que lo más sabroso son las nalgas, diciendo literalmente: “nunca sabrán lo exquisitas y tiernas que son”. Finalmente, Albert Fish es condenado a morir en la silla eléctrica, lo cual enfrenta casi extasiado, diciendo que por sin sentirá ese último escalofrío, el último que le falta por experimentar.

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